
La extenuante búsqueda de la mujer perfecta
marzo 25, 2025En una sociedad que glorifica la juventud, el envejecimiento de la mujer se convierte en un tema incómodo, casi tabú. No es que las mujeres envejezcan de manera diferente a los hombres, sino que se nos ha enseñado que no tenemos permitido hacerlo.
Desde temprana edad, el mensaje es claro: nuestra valía está ligada a nuestra apariencia. A medida que pasan los años, esa presión se intensifica. Las primeras arrugas deben ocultarse, las canas teñirse, el cuerpo debe mantenerse firme y juvenil. Si no lo hacemos, dejamos de ser “deseables”, “relevantes” o “dignas de admiración”.
La diferencia entre hombres y mujeres ante el envejecimiento
Mientras que a los hombres se les permite envejecer con dignidad e incluso ganar respeto con los años, en las mujeres el envejecimiento es visto como una pérdida.
A un hombre con arrugas y cabello gris se le percibe como sabio, maduro, interesante. A una mujer en las mismas condiciones se le dice que “se dejó estar”, que debería “hacerse algo” para verse más joven.
En la cultura popular, los hombres mayores siguen protagonizando películas románticas, siguen ocupando roles de liderazgo y siendo admirados en todas las áreas. A las mujeres se les reduce a papeles secundarios, se las borra de la conversación o se les exige luchar constantemente contra el paso del tiempo.
La industria de la juventud eterna
Detrás de esta prohibición de envejecer hay una industria multimillonaria que se alimenta de la inseguridad femenina. Cremas antiarrugas, procedimientos estéticos, suplementos, tintes, cirugías…
Todo apunta a un solo objetivo: hacernos creer que debemos luchar contra lo inevitable.
Esto no significa que esté mal querer verse bien o cuidar nuestra piel. Pero hay una diferencia entre hacerlo por decisión propia y hacerlo por miedo a ser descartadas.
«El problema es cuando sentimos que envejecer es un fracaso, cuando el paso del tiempo se convierte en una vergüenza en lugar de ser un proceso natural de la vida».
La exigencia de mantenernos jóvenes no solo afecta la imagen que tenemos de nosotras mismas, sino también nuestra salud mental.
La ansiedad por el envejecimiento, el miedo a dejar de ser vistas y la insatisfacción con el propio cuerpo generan estrés, inseguridad y un sentimiento de inadecuación constante.
Muchas mujeres entran en crisis cuando llegan a los 40, 50 o 60 años porque sienten que su tiempo se está acabando. No porque realmente lo sea, sino porque les han dicho que a cierta edad ya no importan tanto.
Reivindicar el derecho a envejecer
El envejecimiento no debería ser visto como una amenaza, sino como una evolución. Cada línea en el rostro cuenta una historia, cada cana es un reflejo de la experiencia acumulada. No somos menos valiosas por envejecer, somos más completas, más sabias, más auténticas.
Es hora de dejar de pedir permiso para envejecer. Dejar de disculparnos por los cambios naturales de nuestro cuerpo. Dejar de medir nuestro valor en función de cuán jóvenes nos vemos.
Porque envejecer no es una derrota. Es una prueba de que hemos vivido.
Claudia Girón
@psclaugiron